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Si en la boda hay un coro rociero, lo más probable es que me de un colapso nervioso, porque servidora nunca ha ido a una boda en Andalucía (que sería más propio) y escuchar la "Salve Rociera" en un pueblo de la sierra de Madrid, es como escuchar "La Macarena" en el Tirol: un completo despropósito.
También me ha tocado observar a un novio luciendo sobre su cabeza a modo de diadema unas carísimas gafas de sol mientras esperaba a su recién estrenada esposa llegar en Rolls (alquilado), mascando chicle. Novio+gafas de sol+rolls+chicle = jesusito, que acabe esto ya¡¡.
Luego tenemos el apartado de los aderezos musicales, con sus bisbales, sus congas y sus pasodobles, a ser posible, con orquesta de nombres tipo "Siryus" y el primo pesado que se empeña en sacarte te guste o no. Abominable.
Y si encima, sirven la mayonesa en sobrecitos de plástico individuales, como si estuvieras en el burguer del barrio, apaga y vámonos...
Por eso procuro no ir a las bodas. Sufro. Sufro mucho. Claro, no todas las bodas a las que he acudido han sido de este pelo. También me han tocado bodas que parecía que se estaba casando el heredero del trono, con nutrida colección de chaqués, mantillas, pamelones y pestazo a Dior, con su catering en la finca familiar de apellidos compuestos. Y un aburrimiento mortal. En lugar de una boda, parece la firma de un tratado entre multinacionales. Te tienes que meter una escoba por el culo para no desentonar. Tampoco lo soporto.
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